12/1/18

¡Acoso!


En una de sus más exquisitas paradojas autocontradictorias, de aquellas que aún apestan con el tufo caro de la hipocresía filistea más refinada e innoble, el monstruoso Leviatán posthumano que empieza a asomar sus pezuñas sobre nuestras conciencias cataloga de acoso cualquier injustica que pueda ser reducida, sin concesiones en su aplicación, al absurdo y a la arbitrariedad. Lo importante es que nadie pueda sentirse ya a salvo. Extrema hasta sus límites más represivos el principio de todo nominalismo. Cada caso no es sólo universal sino universalizable. Basta apropiarse de los residuos semánticos y cognitivos de las palabras en ruinas. El Estado legisla qué debe entenderse por “minoría” y ejecuta qué “mayoría” se ha de respetar. Cualquiera que oponga resistencia a la imparable sordidez que no ceja de alentar cualquier comportamiento que pueda a su vez condenar es apaleado, encapirotado y arrastrado entre festivas palmas sadomasoquistas por las plazas virtuales. La tiranía de la democracia no consiste en el dominio de la estadística, sino en la construcción de procesos autovictimarios. Puesto que la regla es la desviación, toda desviación de la regla debe ser castigada excepcionalmente para confirmarla. Homo et mulier mulieri et homini lupus lupaque sunt.

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