21/8/17

Todas las opiniones son respetables.


Resultaría divertido e irresponsable poder ejercer literalmente este lugar común que los filisteos pronuncian paladeando su vergonzante superioridad moral. Como la determinación de la verdad o de la falsedad de cualquier opinión, por no decir de cualquier ocurrencia, es de por sí irrelevante, se protegen de sus consecuencias sancionando legalmente su uso represivo. A estos efectos, la posverdad aplica con cínica exactitud pragmática el principio clásico de la inversión lógica. Puesto que todas las opiniones son respetables, ninguna opinión es no respetable; como ningún no respetable es opinión, todo no respetable es no-opinión. Es decir, es una provocación, un delito, un crimen. La vaharada moralista se aproxima entonces como una nube tóxica. Dado que la opinión es un derecho inalienable que garantiza la consecución de la felicidad personal, el crimen debe estar motivado por el odio contra ella. ¿Qué sino delinquir puede expresar quien, según la opinión democrática ha decidido, odia? Y aquí triunfa esplendoroso el principio de no no contradicción: “toda opinión religiosa debería permanecer confinada en el ámbito privado bajo la atenta supervisión de las potestades de este mundo”; “las opiniones de género deben invadir el ámbito público bajo la atenta supervisión de las dominaciones de este mundo”.

13/8/17

La revolución de la ternura.


Este eslogan, insoportablemente cursi, guarda tras su impostada afectación el rancio autoritarismo de quienes no aceptan la negativa a que su decrépito y despiadado vigor sea saciado. Consideran que cualquiera que se resista a dejarse acorralar en una esquina donde su integridad pueda ser lameteada refleja una estrecha hipocresía que no sólo hurta el goce kitsch de una belleza parasitada, sino que, egoísta e insolidario, testimonia la presuntuosa arrogancia de una conciencia, aunque herida, digna. De esta manera han degradado nuestros oxímoros: de la soledad sonora y la música callada a la tierna revolución o, más violenta y pegajosa, a la ternura revolucionaria. Sin subir tan alto que a la caza den alcance, les basta con reptar entre trampantojos. A tales espasmos llaman mística. A su pesar, siguen sin salirles las cuentas de su prostibularia alegría. Como dan por descontado que la salvación de un alma es la consecuencia de la buena marcha de su divino negocio, quisieran discernir por qué sus gatunas y callejeras miradas acarameladas suscitan ya sólo enlatadas risas de connivencia entre quienes, orgiásticos y matarifes, los están domando antes que nos introduzcan a todos en la cadena de (des)montaje de la civilización global.

5/8/17

La revolución de la sonrisa.


Es obligación de cualquier revolucionari@ actual mostrar, desinhibida y descarnada, su mejor sonrisa de hiena. Con ella en la boca debe repartir públicamente entre sus secuaces falsos y estrechos abrazos, darles profundos y traidores besos, hacerles carantoñas infantiles y obscenas y, en fin, magrearl@s soezmente. Reivindicará así con el ejemplo el carácter revolucionario de la nueva sonrisa. Hay que abandonar, por fascista, la puritana idea de que en política la sonrisa es una máscara cínica para esconder cualquier atropello a la dignidad y a la honradez. La nueva sonrisa es un arma cargada de presente. La sonrisa no justifica la injusticia: revela su justicia. Por sí misma es una canallada que merece perpetrarse contra el adversario, sea enemigo o amig@. Como el personaje de Borges, tal revolucionari@, cuya voluntad es praxis, desea que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Su sonrisa, pues, debe intimidar. Revolucionari@ sonriente, no tiene por qué reconocer ningún error. Como abanderad@ del (des)orden de la no no contradicción, sabe que todo error es históricamente una verdad revolucionaria que le conviene y que le reconforta, especialmente por el sufrimiento que puede llegar a infligir en la chusma que vibra o no, todavía, con él.

28/7/17

Saber manejar los tiempos.


Entre los acelerones que dan a las ciencias un aire adelantado de zarzuela bárbara, la concepción filistea del tiempo ha logrado manufacturarlo como una papilla amorfa, kantianoide e indeterminada, que se moldea en series televisivas. En ellas se proyectan, con efímeros destellos, el sinsentido de instantes siempre por rehacer. Como no hay nada que esperar, se especula con irreales inversiones de un futuro social a (des)crédito. Como no hay nada que recordar, se sancionan las leyes políticas de la desmemoria pasada. Como sólo bastan el poder y el dominio, no el honor ni la gloria, el presente se va (des)tejiendo a golpe de látigo en este circo posthistórico de tres pistas. El más difícil todavía es un salto retardado, a cámara lenta, agonizante su desenlace, siempre pospuesto a la anestésica decisión tomada en la siniestra sala de montaje de los gabinetes de comunicación. Cualquier atisbo de conciencia moral es declarado públicamente inexistente. Como si fuera el transgénico de nuestra finitud, al negar que el tiempo huya ya irreparable, triunfa, ahíta y prostibularia, una retórica de los sentimientos, pegajosa, que infecta la inteligencia de cuanto toquetea. Entre sonrisas cómplices se mercadea, por fin, con el Apocalipsis.

20/7/17

Todavía hay partido.


Quien quiere sosegar y animar a la desorientada hinchada que ve cómo su equipo va perdiendo, suele formular, con un rictus de ansiosa impaciencia y con desparpajo proactivo, su convencimiento maravilloso de que, tras los obstáculos y las derrotas, amanecerá una noche más larga. De tan evidente, la metáfora deportiva, aplicada a cualquier situación competitiva, esconde una inquietante intelección del tiempo en nuestra sociedad filistea. Borrando cualquier rastro de finitud, se pospone a un límite inacabado el consumo de una eyaculación frustrada que, mientras se retiene, poluciona toda su atmósfera. Oponerse a tal muestra de voluntarismo errático es sinónimo de derrotismo y alta traición. Basta confiar ciegamente, de manera que si el resultado final es adverso se impone depurar las responsabilidades de haber defraudado las ilusiones convenientemente inducidas de la turba. De tan abstractas, de sus consecuencias sólo se salvan quienes hayan dejado su piel en el campo, se hayan vaciado o lo hayan dado todo. Si por casualidad el resultado es favorable, quedará demostrado que todo es posible a quien cree con fe ciega y que, por tanto, cabe depurar a quienes han cometido el error de estar en desacuerdo. Al fondo emerge, infecto, cómo manejar los tiempos.

12/7/17

La transparencia.


¿Quién le habría dicho a Juan Ramón Jiménez que su esencia consciente, que quería ser una y la de todos, quedaría reducida, dios suyo, al password de una epifanía total, alibábica? Cuando no quieres ser hijo, ni padre ni hermano, acabas pagando las birras de algún gigoló cuya profesión se pronuncia con un anglicismo. La transparencia es la profesión de fe de los súbditos de las tinieblas. La transparencia es a la cultura lo que la pornografía al erotismo. Al Dios de Abrahán, Isaac y Jacob no se le podía ver cara a cara, sino en enigma, dentro de una nube que no se sabía, al límite de una noche oscura. Su siervo era iluminado en la conciencia de su desolación. El procedimiento que borra el misterio, que pone al descubierto la vergüenza de su necedad y su desnudez, la transparencia, ese dios, la transparencia, educa en la adquisición de las competencias transversales del cinismo y de la lascivia. Registra con exactitud el ruido tan triste que hacen los cuerpos cuando se aman a sí mismos. Les concede el derecho a emitir sin interferencias el ritmo opaco de su individualidad coronada como afirmación de la nada.

4/7/17

¡Fobi@!


Si hoy alguien, íntegro e imprudente, desea buscarse la ruina moral, social y económica, tiene a mano un camino rápido, aunque arduo: exponer públicamente los conceptos elementales de la φύσις aristotélica. Tras cincuenta años de perplejidades, los filisteos occidentales han podido abrazar ya la nueva religión en la que no creer y que les permite, mientras ofrendan incienso a sus demoni@s, aumentar sus negocios, manteniendo su conciencia a buen recaudo. Como toda innovación, esta religión es conocida por unas siglas que no cometeré la imperdonable torpeza de pronunciar. Sostiene que pensar de modo diferente no sólo atenta contra su credo, sino que, además de incitar, ejerce per se la violencia contra sus prosélitos. Si se argumenta en nombre de la Tradición, se es reo de retractación, expediente y reeducación, pues hay que odiar el delito y al delincuente. Como toda regla, admitiría una excepción: ser musulmán, aunque tampoco conviene declararla en voz alta. Hace quinientos años Miguel Servet fue quemado por discrepar sobre la naturaleza divina de la Trinidad. A punto de restaurar el delito tabú de opinión, la cultura actual empieza a reducir a polvo a cualquiera que mencione la naturaleza humana. Confieso entre sollozos: mi identidad es veteropatriarcal.