11/12/17

Derecho al olvido.


Sólo una sociedad que ha convertido la transparencia en el criterio tolerable y absoluto de una objetividad negada a priori puede aceptar, aunque sea a regañadientes, la profana catarsis regulada del olvido digital. Como su atenuante, el ejercicio transparente, que es capaz de reconocer y desactivar el tabú de la verdad, no cede en alcanzar su cénit mediante la revisión denominada ciega y externa. Es simultáneamente rito y procedimiento administrativo, a fin de que la representación de sus actos pueda (des)legitimar mutuamente sus contenidos. Sólo puede impartirse la máxima (in)justicia posible ante identidades borradas, en un implacable juego de asimétricas correlaciones de fuerza (ir)racional. Es preciso que las redes sociales borren el rastro batido de este nuevo medievo a los que las armaduras de alias y sobrenombres apenas protegen de la devastación anónima de su criminal estupidez lingüística. El olvido debería entonces procurar la descansada condena del ostracismo, cuando sea ya demasiado tarde. La segunda oportunidad sería la derrota que le librase a uno del obsesivo deber de relatar su (in)existencia. Con alivio, con humillación, con terror, no comprendemos que somos los despojos perpetuos, inconexos, del presente algorítmico en que se descompone la apariencia (des)jerarquizada de nuestros sueños.

3/12/17

Ha venido para quedarse.


Como la primavera de Antonio Machado, la críptica e insulsa frase de marras ha venido y nadie sabe cómo ha sido. Antes, la naturaleza estallaba, sorpresiva, en la melancolía otoñal de la voz de un poeta. Ahora, la fórmula que, si viene para quedarse, debe fosilizar cualquier atisbo de vida se repite con un deje resignado, invernal. Bruñe espléndida con su dureza metálica, neutra, el sombrío poder de la jerga con el que cualquier departamento de organización empresarial la ha facturado. Dado que en nuestra sociedad están proscritas, por agoreras, palabras como dificultad o problema, en su lugar se emplean eufemismos como retos y desafíos, borrados a su vez, en un afán máximo de pureza insustancial, por las vagarosas oportunidades. Es preciso pulverizar cualquier resto de decencia caballeresca y medieval. Queda la mala conciencia que nunca se ha ido. Con estoicismo calculado, casi con una mueca desesperada, no queda otra que recibir al huésped indeseado y temido, sin cesar convocado e invitado. Han venido para quedarse aplicativos, infografías, ránkings, fluxogramas…, acompañados del espectral cortejo técnico que los usufructúa. Han okupado el espejismo reciclado del progreso económico. Con ellos prendemos, hipnóticos, fuego a la riqueza, antes de vender su irrastreable humo. 

25/11/17

¡Heteropatriarcal!


Dicha con el ceño fruncido y el tono maloliente, esta imprecación sentencia, como blasfema, toda afirmación sobre la divinidad del ser humano, atribuyéndole en cualquiera de sus manifestaciones la intención de (auto)odio. El objetivo último de sus defensor@s es la destrucción de tal orden, mediante, por ejemplo, la inducción legal del deber de copular caninamente. Está no sólo permitido sino jaleado jadear en la esquina de cualquier callejón no importa según qué combinación. La píldora, el condón o el aborto -o los tres simultáneamente por economía de escala- ahorran consecuencias indeseadas o discapacitadas. Liberada de ellas, igual que una perra puede parir hasta ocho cachorros, la versión humana podrá repartir en breve sus óvulos entre diversas opciones, subcontratando o externalizando sus servicios con el exquisito amparo jurídico de un Estado de De-re-cho. Sería de una intolerable insolidaridad oponerse a tal acto de emancipación de una naturaleza que se ha decretado inexistente. En su clímax casuístico, será un hito la transexual que, tras implantársele un ovario heterosexual fecundado por el semen de su pareja homosexual, dé a luz antes de que un@ y otr@ reviertan su identidad. El padre será la madre y viceversa. Lo llamarán ciencia y felicidad.

17/11/17

La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.


¿Qué mejor manera de acabar esta volátil serie clásica que con una cita apócrifa del apócrifo Machado? La tontería filistea, que no es sutil ni ingeniosa sino artera y espesa, se ha nutrido, descarada y mimosa, de la arenosa sofística de su maestro Mairena. Con desenvuelta sinvergonzonería, afirma y niega simultáneamente, con el galante gesto de un escepticismo prostibulario. En sus manos, el principio de no no contradicción fundamenta el trilero juego de sus palabras que tantos dividendos le reporta. Nada por aquí, todo por allá. Aristocrático demócrata, el filisteo hispánico, enésima versión del majo castizo o del jaque porteño, se cuida de desdoblar su tramposa identidad. Como el porquero Agamenón en realidad, exclama con una media sonrisa a cualquier verdad: “Conforme. No me convence”. Es entre los hechos malolientes donde descubre cómodo y amotinado sus más estilizadas verdades. Con su aire sacristanesco, aspira al ideal más delicioso que pueda soñar cualquier aprendiz libertino de la práctica canónica del derecho y de la justicia: “La regla ideal sólo contendría excepciones”. En pos del vértice embrutecido de su moralina, seguirá encadenando interesados razonamientos hasta que, ahíto de berzas y disfrazado de Agamenón, le llegue su San Martín.

9/11/17

Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad.


Lugar común de la hipócrita (in)dignidad de los viejos filisteos, esta frase aristotélica ha sido fregada con lejía, a toda velocidad, desde la irrupción papanatista de la posverdad. Nada más antipático que anteponer la realidad a la falsedad de las emociones. A fin de cuentas, ¿de verdad cree alguien todavía en la amistad? Amigo de uno es quien asiente a su última ocurrencia o a quien se jalea cualquier gilipollez que confirme los propios prejuicios. Baste leer los grafitis que pintarrajean en el muro lamentable de las redes sociales quienes, ufanos, exigen de sus “amistades” que demuestren su adhesión personal mediante la inmediata reproducción de sus cándidas intenciones o que, directamente, los borren como tales seres virtuales si no están de acuerdo con sus tiznadas posturas. Los profetas de la (pos)verdad suelen adoptar la pose de virgen violada en una película de porno sadomasoquista sórdida y vieja. Gimotean entre sonrisas ininterrumpibles o sonríen entre lloriqueos onanistas. A la verdad su nauseabunda cursilería la da por amortajada. De sus amigos platónicos reclaman los aplausos enlatados de una ética toda a un euro. Mala, fea y cara. ¿Qué les queda? Entretener, tiránicos, su despiadado aburrimiento.

1/11/17

Carpe diem! o hay que aprovechar el momento.


Este inquietante tópico que desde Horacio y Ausonio hasta Ronsard y Yeats toca las cuerdas más delicadas y canallas de una sensibilidad simbolista y escéptica, epicúrea y melancólica, se convierte en manos de la anoréxica mentalidad actual en el branding de los influencers más superficiales. El cultismo exquisito y pedante de la poesía se transforma en el glorioso y putrefacto anglicismo de la mercadotecnia. Con la mirada puesta entre la alegoría medieval y el desengaño barroco, los clásicos animaban a recoger las rosas de la juventud y a aspirar el aroma de sus días, sin retrasarse. La vejez, sabia e impotente, cruel, habría adquirido este conocimiento al precio de su pérdida. Atenta a la rentabilidad económica, nuestra época moderniqui traduciría así el lema horaciano: atibórrate instantáneamente de pastillas y de bótox. Mientras aprovechas la inercia -el momentum- de la juventud, podrás a duras penas desdibujar las huellas morales del paso del tiempo. En el bulímico esfuerzo por permanecer joven, por no sufrir el descarte de la edad, no se pretende borrar los años, sino lesionar en el propio rostro la imagen real de su vejez. Espectral e irónica, ensayará con una grotesca mueca jovial su particular Danza de la Muerte.

24/10/17

La historia, maestra de la vida.


De las memorables citas que los filisteos enumeran con su cultura trivial, aprendida en la lectura apresurada de sus mandarinescos periódicos, la de apelar a la historia está cayendo en desuso a ritmo acelerado. Escrita obligatoriamente con minúscula, con tal de que sirva de justificación a la práctica de cualquier majadería política y social que se pueda haber tramado, su mención todavía usufructúa cierta grandeza impostada que compense el raquítico enanismo intelectual de nuestra época. Es preciso adaptar su contenido a los tiempos. A fin de cuentas, términos como historia y magisterio están ya amortizados por elitistas y retrógrados. Democrático e innovador es usar perífrasis confusas y maquinales donde el sentimentalismo zafio adquiera la agresiva respetabilidad de una nueva ciencia que lleva por nombre el de Metodología. A la historia la ha sustituido la “memoria” histórica con sus cursis y didácticas leyendas sobre hechos verdaderos y despiadados. Además de no estar autorizado, nadie debería tampoco atreverse a profesar disciplina alguna que no se limite a aplicar, automáticos, los puntillosos y perezosos protocolos diseñados para que los “agentes docentes” desplieguen su (in)competencia. Parece mentira tener que recordarlo: sin Tradición la vida -el Espíritu- se ha extinguido. Adánicos, nos chutamos experiencias.